Residenciada en los Estados Unidos desde los doce años de edad, esta artista confiesa que por problemas de desarraigo inicia sus estudios de artes plásticas a los diecinueve años en el extranjero, que concluye con una maestría en artes, mención gráfica. En los Estados Unidos la experiencia de la separación del país de origen la lleva al grupo de Mujeres Muralistas de San Francisco, donde dicta también talleres de artes plásticas a colectivos de distintas edades en comunidades étnicas no blancas. Por estos años corre la década del setenta y Méndez se relaciona con varios ejes fundamentales que serán integrados posteriormente en cada uno de sus procesos artísticos: por un lado el trabajo con el dibujo, la pintura, la gráfica y el arte efímero; por otro lado la experiencia de la docencia y de los diversos intercambios con el otro desprendidos de la labor comunitaria.
En los años ochenta regresa a Venezuela. La enseñanza en el campo de las artes, que desempeña desde entonces hasta nuestros días, más allá de una necesidad de supervivencia, se va convirtiendo en una forma de vida. En palabras de la propia creadora, el artista docente se desenvuelve en un proceso diverso y complejo, puesto que se debate entre contradicciones individuales y colectivas, en las cuales se entrelazan dinámicas provenientes de diversos ángulos de la experiencia de vida: las propias necesidades creativas y de aprendizaje, en diálogo constante con las necesidades de formación y creación del otro.
Tal vez justo este proceso es el que lograría engranar en una suerte de curso total los distintos acontecimientos que se venían entretejiendo por separado en la obra de Consuelo Méndez, quien a través del dibujo, la pintura y el grabado, tenía varios años indagando en torno a temáticas cercanas a los problemas de lo femenino, a los arquetipos, a las vicisitudes de aquellos que viven al margen y a los lugares que pueden unirlos. En este sentido, el imaginario del agua comenzó a transformarse dentro de su propio proceso creativo en símbolo y reflejo del fluir de la existencia, una suerte de "espacio posible" por el que todos transitamos y que de algún modo, todos compartimos.
Lorena González
Consuelo Méndez, No. 105, Colección Arte Venezolano
Ministerio de la Cultura (2010)
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