La lengua uniformada
Un breve ejercicio podría llenarnos de perplejidad: basta volver a unas pocas de las centenares de crónicas escritas por reporteros que nos han visitado en los últimos seis o siete años: en todas se habla del carácter escindido de la Venezuela partida. Luce oportuno añadir todavía una verificación más: la ansiedad, la obsecración, la sonoridad del cascarón con la que hablamos de unión: la pronunciamos como quien habla de una cosa extraviada que posiblemente no volverá a reaparecer (la idea de "lo unido" ha ido adquiriendo una personalidad fantasmal, la de algo que aparece y desaparece). La unión es nuestro objeto perdido, el jarrón del comedor hecho trizas.
Hay en todo esto algo terrible, pero también embarazoso. Verdaderamente embarazoso, porque hasta donde lo presiento, la decisión de dividir y polarizar la vida cotidiana del país se ha convertido en experiencia diaria, tangible. Como si fuesen especies de la misma familia, al deterioro de la gestión pública, a la potenciación de las formas de la corrupción de los asuntos públicos, parece corresponder una cierta banalidad, un cierto decaimiento de nuestra lengua, que es el único instrumento que tenemos para pensar e intentar comprender al país de nuestros empeños y vacilaciones.
A la banalidad del yo consumista ha venido a sumarse la improbidad del sujeto revolucionario: entre uno y otro la lengua se erosiona a un estado de poca cosa: vidas que transcurren, dentro y fuera de la política, en un ambiente de relativa conformidad, con un instrumental que a menudo no sobrepasa las trescientas palabras. No sólo en el plano de un posible universo político-moral venezolano, también en el vínculo del sujeto apenas ocupado o desocupado de los asuntos públicos, parecen estar en mengua los recursos de la lengua necesarios que le permitirían a la voluntad democrática avanzar, encontrar los cabos rotos de la convivencia venezolana.
Canetti aconsejaba: no conviene acostumbrarse a ninguna muerte: ni a la muerte de los seres queridos ni a la muerte del espíritu ni tampoco al desmoronamiento de las palabras que intercambiamos con el mundo. Cierto es que esa lengua que percibo en lento desmoronamiento tiene sus magníficos espacios de excepción: leo alguna de la más reciente poesía de Rafael Cadenas, radical en la búsqueda de sentido y sonoridad de cada palabra, conciencia plena del hecho poético, y me digo: una lengua del comienzo (de la excitación de comenzar otra vez) podría constituirse como distinta a la lengua uniformada, conectada ella a la restitución de las libertades y la compleja práctica de la vida en común. Que ante eslóganes y frases hechas tengamos a mano la alternativa de las palabras con sentido. Que ante la posibilidad cierta del cambio social, no sea impertinente traer a cuento estos dos pulcros versos, que son un poema del mismísimo Cadenas:
"Uno sólo espera de los poetas
un óbolo que nos sirva para el trayecto."
Nelson Rivera
Papel Literario, El Nacional
23 de Octubre, 2010
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