Todos reían y cuando abrían los brazos las capas fulgurantes mostraban el corazón y abajo enrojecíamos de envidia. Luego un dedo de lluvia borraba las visiones. En invierno descendían las nubes y nos deleitábamos en la delicada frescura, en los nuevos olores, en los vidrios chorreantes a través de los cuales veíamos el fondo de las casas, los mangos olorosos bajo el estruendo, los huevos blanquiazules de los pájaros, el suelo repleto de cerezas que recogíamos en el relámpago. Tus ojos cerrados y tu nariz alrededor de la tormenta cargando los olores de un mundo exultante y descendíamos a la tristeza de bestias que dormían de pié, empapados bajo los árboles. Cálmate, manía de ver las montañas y llorar, cálmate desesperación y astilla en medio del pecho, porque ella respira y vuelve sus ojos hacia los míos y me llama y tiende sus brazos hacia donde yo estoy.
Y en este mundo claro llegaría hasta tu casa, bella entre las claridades, refrescada en las lágrimas de tu fiebre, pues yo nunca he deseado sino verte crecer en la luna de mis ojos y deslumbrarte en el laberinto de mis manos.
Bastaría que mis venas alumbraran como toda ciudad y que mi sangre se derramara sobre los techos, y así, rojo, teñido en los resplandores, te daría mi cabeza, mi pelo espeso y húmedo como un astro al regreso de un día, un día nuestro, donde yo te nombrara y dónde tu renacieras.
Arnaldo Acosta Bello
Poema 27, El alud
UCV, Caracas (1973)
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