Hace unos días en Maracaibo, con mi sobrina
Valentina Alvarado, visité la muestra
Sobre Blanco de
Osvaldo Pontón en el Centro de Bellas Artes. Resultó ser una grata visita a esos espacios amables y salí contenta y estimulada con la muestra de fotografías e instalaciones de objetos en las esquinas de la sala. La curaduría es de
Juan Pablo Garza y el texto del catálgo que copio a continuación es de
Lorena González:
Durante la década de los años setenta la fotografía experimentó una de sus transformaciones más contundentes, proceso que definiría una buena parte de los modos de aprehensión de lo real que esta estrategia artística desarrolló en períodos posteriores. Las confrontaciones discursivas contra las formas tradicionales de concepción y exhibición de la obra de arte que plantearon fenómenos irreverentes como el happening y la performance o manifestaciones como el land art y el event; al tiempo que consolidaron un desprendimiento de la institucionalidad como eje rector del fenómeno artístico y un desvanecimiento de la autonomía formal de la obra de arte, también inauguraron una nueva escena para el suceso fotográfico: práctica que desprendida de las exigencias norteamericanas del fotoperiodismo y de otros géneros puristas, comenzó a abrirse paso dentro de los territorios del arte contemporáneo consolidándose como el registro físico y el testimonio visual de un cuerpo que se convirtió en epicentro reflexivo y resonancia crítica de las problemáticas del entorno.
En la obra más reciente del jóven artista
Osvaldo Pontón conviven varios de los supuestos que configuraron esa compleja cartografía de la labor fotográfica. Con el nombre de
Sobre Blanco (On White), reúne una selección de un amplio cuerpo de trabajo que a partir del retrato como silente canal de aproximación a la interioridad de diversos personajes junto a sus contextos y objetos, se transformó en una muy particular sucesión de pequeñas action paintings, cuando la mirada crítica del artista decidió antes de la toma, embadurnar de pintura blanca y con sus propias manos a los modelos. Esta acción- cuya inquietud primera pretendía una disolución o blanqueo de la forma por retratar, desandando los criterios del retrato moderno y contemporáneo- se transformó en una suerte de evento particular donde la huella de su tacto inició una palpable cadena de tramas físicas, modelado gestual que vino a perturbar con gran contundencia el destino final de cada pieza. Unido a esto algunos fragmentos de las pieles caladas por la tintura blanca, desbordan en la sala la fuerza metafórica de sus abstractas hendiduras y sus etéreas vicisitudes.
En sus casi ochenta anti-retratos gestuales el creador renueva y enlaza con fuerza esos dos caminos que caracterizaron el fin de siglo del acontecer fotográfico y las vertientes de su entrada definitiva como género dentro de las artes visuales contemporáneas: por un lado, la pulcritud formal para registrar el afuera con una conciencia profunda del sujeto y sus conflictos; por otra parte- y en confrontación con la sentencia anterior-, la irreverencia voraz de lo transitorio, de lo efímero, de esa toma fugaz que asienta sobre el papel una mancha en medio de siluetas bien definidas, descubriendo las fuerzas subterráneas del movimiento, del roce, del encuentro, de las marcas que alteran y comprometen los itinerarios del individuo frente a su propia imágen.
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