No miras. ¿Qué sentido tiene tumbarse si también tienes que usar los ojos? A ratos escuchas el viento. Las hojas suenan como arena que cae. Cuando despiertas, miras hacia arriba con mucha cautela. Ves verde, azul, verde mezclado con suciedad, blanco. El verde ha eliminado cualquier trazo de amarillo del azul. Sobre esto no hay duda, pero todo lo demás es confusión. Sin concentrarte demasiado, y como si estuvieras usando las manos, comienzas a poner orden entre lo que puedes ver. Imitando la habilidad de las vendedoras de flores, que saben exactamente qué vara poner con otra, aprendes a distinguir las guirnaldas del follaje, adjudicando a cada una su rama y su correcta posición en el espacio. Comienzas a revisar los ángulos de las ramas, no como un matemático, sino como lo haría un mecánico. Haces lo que puedes por empequeñecer el árbol, por reducirlo a un tamaño y a una sencillez accesibles. Vuelves a cerrar los ojos, pero ahora te estás concentrando. Estás pensando en tu propio cuadro. ¿Cómo debe conformarse para admitir semejante árbol? ¿Cómo puede colocar semejante árbol en el lugar que le corresponde? Poco a poco empiezas a imaginarlo apareciendo en tu cuadro. Y aún así, por el momento no es más que un trazo salido de tus dedos, como el campanario de la iglesia y el párroco. Pero tú no eres un leñador. No puedes mover ni transportar árboles. Tampoco puedes plantar sus semillas en tierra propia. Cuando abres los ojos para mirar al verdadero árbol, intentas con todas tus fuerzas verlo como imaginaste tu árbol pintado. Pero no puedes. Se mantiene ahí, alzándose contra el cielo. Vuelves a hacerlo pequeño. Cierra otra vez los ojos. Revisa el árbol que pertenece a tu cuadro. Abre y compara. Está más cerca, pero el haya todavía se eleva y resplandece sobre tí. Una vez y otra. Y así puede que permanezcas tumbado hasta que llegue la noche...y seas un pintor.
John Berger
"Ser un pintor"
Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible
Árdora Ediciones, Madrid (1997)
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