Ocaso
Ya es noche el día.
El rosario de las horas
es un instante, este, aquel
que acaba de pasar y vuelve
a impulsarse en el último aliento.
Las vecinas rezan su azabache
de quince o veinte miesterios:
el bisbiseo, un coro de abejas;
cada cuenta, el vientre de María
que alumbra y repite la cuenta inagotable.
Ni un ángel más en la cabeza de un alfiler.
Otra vez, lentísima, comienza la agonía
de las constelaciones. Falta la luz, luego
sobra más que una sombra; y se prende
la noche. Plural y munífico, crece el tiempo.
Racimo de horas sin medida, la hora interminable
parpadea. Tornasolados, los frutos rezuman luz.
La fecha es cualquiera y siempre ahora, la hora
exacta que son todos los días todas las tardes
y todas las noches. Muere el cielo en sus colores:
gualdas, naranjas, rojos, azules oxidados. Sin sangre
se desangra, aferrado como un pulpo a la tinta. Se agotan,
en la luz, lo oscuro, y en lo oscuro, la luz. Negro el cuerpo y negra
su sombra, crece el cielo. Sostenido por alfileres, parece un Cristo.
Clinamen
Editorial Kalathos, Caracas (2011)
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