El grito y el murmullo
Serie Escrituras en el aire
El grito y el murmullo
Consuelo Méndez
Fue un jueves. Era una tarde convulsa, como todos los convulsos días de la quebrantada ciudad de Caracas. Mi idea principal era recopilar conjuntos, anudar eslabones, hilar frases, desplegar estructuras. Todo se fractura y se distiende bajo la prisa de la emergencia, nada es fijo en este tránsito abatido. Algunos, tenemos aún la secreta y muchas veces inútil obsesión de querer un orden para las partículas perdidas de ese empalme despedazado en el que se ha transformado nuestra historia.Cuando llegué, eran las 2:00 pm, más o menos. El estudio de la artista Consuelo Méndez está en su propia casa, un hogar cálido pleno de recuerdos y experiencias. Nos encontramos en la cocina y tomamos un rato para intercambiar los comentarios recientes de una buena amistad que nos convoca desde hace varios años. Preparamos el café y nos trasladamos a su recinto. Allí encendí la grabadora de mi teléfono celular. Consuelo me miró a los ojos y me preguntó: “Entonces muchachita, ¿qué es lo que quieres tú de mí?”Las frases continuaron luego de la risa y estructuré mi discurso. La verdad se iba dibujando en territorios cercanos pero alternos. Con seriedad y aplomo le expresé mi interés por estructurar un conjunto de entrevistas para documentar lo que ha sido el ejercicio de la performance en Venezuela, ante lo cual su testimonio resultaba un punto focal. Consuelo no es solo una artista sino la docente de muchos creadores que la han tenido como guía e interlocutora, intercambios con el otro que han delineado una buena cantidad de los desplazamientos con los que ella también ha nutrido su trabajo. Mientras conversábamos recordé un texto que le escribí en el año 2009. Un pequeño ensayo donde me narró como fue el proceso de ese traslado que la llevó desde la gráfica y la intervención muralista hacia el trabajo directo con el cuerpo.No obstante, además de mi voluntad por prestarle atención a sus consideraciones la visita contenía el doble fondo de una experiencia que vivimos juntas cuando la invité el año pasado a participar en una muestra inaugurada el 19 de abril de 2015 en la galería del Centro de Arte El Hatillo, bajo el título Obra abierta. Ejes de libertad. Además de las piezas en el espacio expositivo que reflexionaban en torno a un tema que se ha convertido en uno de los puntos más álgidos de los problemas políticos, económicos y sociales que transita nuestro país, habíamos diseñado un conjunto de performances para el día de la inauguración. Allí apuntábamos por el impulso crítico de una acción física que pudiera ser el enlace entre los murmullos efímeros de la ciudad perdida y un cuerpo interrogado en tiempo real. A Consuelo le pedí el favor de que planteara una intervención que nos permitiera conectar el traslado del público desde la galería hasta la Plaza Bolívar de El Hatillo, donde iban a suceder el resto de las acciones. Recuerdo que conversamos muchas cosas para el diseño de su propuesta y Consuelo decidió invitar a firmar por la libertad. Ese día se colocó un engranaje de jaulas que encerraban su cabeza, cubierta por un tejido que le daba un aire de figura milenaria. Inició el recorrido con un llamado y una melodía como lo habíamos conversado, pero poco a poco el encierro corporal derivó en la enunciación a pleno pulmón de las situaciones más críticas del país: "¡Presos políticos!" gritaba Consuelo por la calle, mientras contaba "Uno, dos, tres… dieciséis, treinta y cinco… ¡La Tumba!"… Continuó sin parar, enumerando los muertos por la violencia, los asesinatos de policías, los crímenes diarios… esta espantosa tragedia cotidiana de la vida en la muerte.Converso en especial sobre ese evento, porque la entrega de aquel cuerpo dialogando en el espacio fue tal que al día siguiente tuvieron que hospitalizarla y operarla por una pancreatitis y un problema en la vesícula. Cuando retomamos el episodio del que siempre me siento culpable, no puedo dejar de preguntarle cómo fue que pasó todo aquello. La verdad, esa performance no era con exactitud lo que habíamos conversado las dos. La idea inicial fue hacer una invitación más jovial, que guiara al público: ¿cómo fue que se levantó toda esa furia, toda esa conmoción, ese grito? Consuelo sonrió con calma y me miró: “Es que la performance Lorena no es en sí misma una estrategia programada, no es como el teatro, ni tampoco es inclusivo como las acciones para la cámara. No hay ensayo ni repetición. Parte de una idea, de una intuición. Se alimenta de las pulsiones que emanan del afuera.”Allí entendí lo que sucedió y más aún lo que es la performance como discurso y práctica. Aquella muestra en la sala de exposiciones ese domingo 19 de abril no fue en ningún caso un episodio celebratorio. Y claro, desde ahí partimos, marcados por el dolor y la tristeza que toda esa reunión de lóbregas reflexiones significaban: una marca profunda en lo humano que emanaba desde cada una de las obras realizadas por los artistas y que también se alojó en la reacción de los espectadores. Guardamos silencio. De pronto interrumpí su mirada: “Consuelo, tengo la sensación de que en los peores momentos políticos y sociales de un país, es cuando la performance aparece con una fuerza inusitada”. Ella asiente. Ambas lo vemos como una fibra telúrica que emerge de la tierra. El artista es en este caso un vehículo, un transporte para esas verdades que navegan acosadas, sentimientos colectivos que ya no pueden develarse a través de las artes conocidas o los formatos tradicionales. Es la palabra atorada, es una imagen que corre con fuerza y se planta porque necesita –como gritó ella misma al final de la Diosa pajareraen plena Plaza Bolívar– porque necesita… ¡Alma! ¡Cuerpo!

La ficción rompe en lo real
Consuelo evocó otro de los grandes performance que ha hecho, aquel titulado La Vaguada. La primera vez lo realizó en el Teatro Teresa Carreño (2005) durante la inauguración del 1er Encuentro de Arte Corporal organizado por el IARTES. Inspirada en la historia de una niña que fue salvada durante la tragedia del estado Vargas gracias a que fue escuchada por los rescatistas mientras cantaba el himno nacional, Méndez desarrolló una propuesta en la que entonaba desesperadamente las notas del cántico patrio al tiempo que ingería pequeñas cantidades de agua que la ahogaban. Aquel día la vi. Recuerdo una luz cenital sobre pocos elementos –una jarra y un vaso sobre la mesa– y su cuerpo minúsculo y solo, acorralado por la vacía grandiosidad del escenario inmenso. Consuelo también lo recuerda como un acto especial pues aquel canto que se transformó en una lucha por la supervivencia pareció no ser escuchado por los organizadores del evento. Eran tiempos políticos. Ellos eran ese estado opresor que ahogaba la voz. Ella cree que o no entendieron o se hicieron los locos. La felicitaban por haber cantado en el Teresa Carreño, abrazándola con el consabido tono populista de que en otro gobierno nunca hubiera tenido esa oportunidad. Lo que no veían o no quisieron ver, era que ese himno patrio ahogado y descompuesto, que esa asfixia era la premonición de la gran tragedia humana que hoy vivimos.Para Consuelo, trabajar es pensar en el ahora. Es necesario tomarle el pulso al día: "Los libros de artista que estoy realizando en la actualidad son para mi claves. Son unos diarios de vida, de percepción en torno al tiempo, al espacio y al lugar del arte en la sociedad. Con respecto al cuerpo quiero seguir profundizando pero para ayudar. Trabajo en Sanarte con grupos humanos a los que apoyo. Este país está demasiado fracturado, Lorena. Hay que ir a fondo, profundizar en la esencia, en las personas. Estamos muy dolidos y frustrados, llenos de muchas fisuras. Hay que buscar algún camino que nos ayude, recorrer los pequeños pasos de lo que somos".Coincido de nuevo con ella mientras presiento que en nuestra conversación se escuchan los ecos del deterioro. Aunque era una tarde cualquiera, parecía que estábamos conversando encerradas, solas, como si estuviéramos maniatadas en una habitación muy pequeña. No sé por qué pero hablábamos casi en secreto. Murmullos, ráfagas de un algo que ambas estamos conscientes debemos hacer, pero no sabemos cómo. La vida se me antojó aquella tarde como un performance, una idea, una intuición que se va modelando en la respiración del instante.Miré el reloj. Eran las tres en punto. Habíamos conversado exactamente una hora. Pensé que era un tiempo perfecto para la transcripción y la edición de la entrevista. Antes de irme tomé otro café. Allí recibí una llamada. Una persona muy querida que había sufrido un ataque atroz por parte de un asaltante necesitaba que le llevara un poco de azúcar para su recuperación. Consuelo me dijo que ella tenía y me dio un paquete grande con varias bolsitas. Salí dudando sobre mi destino. Tenía que ir a hacer otra entrevista pero preferí desviar mi camino en ese momento para Las Minas de Baruta. Así lo hice. Entregué la encomienda y bajé lo más rápido que pude por la autopista del Este. Todo iba bien. Iba a llegar un poco tarde pero no demasiado.En el semáforo, frente al famoso puente de Bello Monte que atraviesa El Guaire bajo el apodo “Las nalgas de Rómulo” me paré. Estaba en rojo. Bajé un poco el vidrio porque el calor azotaba las calles y el aire acondicionado de mi carro estaba malo. En instantes, una moto de grandes dimensiones se paró junto a mi ventana. El motorizado era un hombre guapo, con una camisa de rayas azules, bien vestido. Me dijo algo entrelíneas que no escuché. Pensé que quería una dirección y le pedí que me hablara más alto. Subió el tono de la voz y sin mirarme a la cara, como si estuviera viendo el paisaje, me dijo con fuerza: “Dame el teléfono si no quieres que te mate ahora mismo. Dámelo rápido, no me hagas usar el arma”Me quedé paralizada. Saqué el teléfono de un sitio donde lo oculto para evitar que me lo roben y se lo entregué.Por un rato anduve con el carro sin sentido, variando por entre las calles, sin saber a dónde ir o a quién llamar. Pensé tantas cosas: en la vulnerabilidad, en el dolor, en la impotencia de todos los que vivimos este mundo sin ley en el que se ha convertido nuestro contexto. Apaleada y sin rumbo llegué a un lugar donde encontré el abrigo necesario. No obstante, mientras me calmaba, mientras llamaba y anulaba todo lo que hay que hacer en estos casos, recordé que la entrevista que le había hecho a Consuelo estaba completa en aquel equipo que me habían robado. Toda nuestra conversación y nuestro intercambio se había quedado allí. Sentí que más que un teléfono me habían robado el alma.Desde aquel episodio han pasado por lo menos tres meses. No tuve antes el valor para escribir –no sabía cómo sin el material grabado–, ni para seguir haciendo las entrevistas que correspondían en la lista de mi emprendedora etapa inicial. Todo lo sucedido ese día tenía tanto que ver con lo que hablamos Consuelo y yo aquella tarde. Allí estaba resumida la fragilidad del instante, el resquebrajado y violento afuera que nos rodea junto a la delicada trama de un adentro de se desvanece. Al mismo tiempo todo se convirtió en una suerte de irónico reflejo sobre la esencia misma de la performance. Mi plan primero, mi estructurado esquema se había desvanecido en el aire, las palabras volaron, perdidas, etéreas, infinitas, imposibles, arrebatadas por una sombra desconocida, convertidas de pronto en enigmas indescifrables bajo el golpe de un poder ajeno.De algún modo creo que fue una enseñanza. Es por ello que este espacio dedicado al estudio de la performance lo inicio con esta entrevista–cuento–crónica, que no es ni una cosa ni la otra; es un texto extraño, un texto que construyó la vida en su diario, sorpresivo y doloroso acontecer de ausencias. Del mismo modo la hilación de este conjunto lleva la marca de ese momento bajo el nombre de Escrituras en el aire, testimonio de un país sitiado por las circunstancias: seres insomnes y acaecidos; grupo humano deshabitado que aún no encuentra dónde anclar su propia historia.
Papel Literario, EL NACIONAL







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