Hace 34 años nació mi hija Nayarí Castillo, un lunes tal cual como hoy. Ese día me desperté con unos dolores en las piernas terribles y no esperaba dar a luz porque solo tenía ocho meses de embarazo. Había estado pintándole un mural en la pared de su cuartico y justo el día anterior había terminado el último pajarraco que me faltaba, un buho grande en la esquina superior izquierda. Ya los dolores esos en las piernas habían comenzado la noche anterior y me acosté agotada pero contenta con el cierre de mi hazaña pictórica de un vecindario de animalejos coloridos para acompañarla desde su nacimiento. Por estar pintando no le tenía nada listo todavía: ni cuna, ni ropa lavada ni preparada. Vivíamos en un séptimo piso en pleno centro de Caracas en la Plaza La Concordia.
El papá de la criatura salió temprano a trabajar y yo me quedé con mis sensaciones extrañas atendiendo las cosas de la casa y mi barriga. Tenía mi clase de ejercicios psicoprofilácticos en Bellas Artes en la mañana y me preparé para mi caminata que venía haciendo tres veces a la semana. Pero primero recogí la ropa para llevarla a la lavandería automática en la planta baja del edificio y cuando llegué la señora me dijo que no había agua que la trajera después. No se porque si sabía que no había agua ese día insistí en hacer esto y me volví caminando los siete pisos por las escaleras de aquella torre. El lema "pare de sufrir" no estaba instalado en mi inconsciente todavía.
A eso de las diez de la mañana volví a bajar los siete pisos y me fuí tranquila con mis dolores en las piernas segura que se me quitarían con los ejercicios. Me encantaba caminar desde La Concordia a Bellas Artes, un largo trecho por calles llenas de tiendas, buhoneros, ruidos y olores variadísimos. Un viaje de ida y vuelta y una clase sabrosa que me inquietó por las sensaciones que tuve y no comprendía. Era que ya había empezado labores de parto en la misma clase y no lo supe hasta llegar a la casa en donde todo se aceleró en idas y venidas al baño entre llamadas a mi papá médico, Sixto Méndez, describiéndole lo que sentía. Todo muy bien narradito hasta un momento en que rompí aguas y ahí si es verdad que él se asustó y me dijo que enviaría a Victoria, mi nana bella española, para que me llevara a la Clínica Atías inmediatamente. Él se iría por su lado para encontrarnos allá.
Eran como las tres de la tarde y solo recuerdo que el chofer del taxi me decía "aguante señora, aguante, que ya vamos a llegar". Y yo respiraba como había aprendido sin saber exactamente que era lo que me pasaba. Y al entrar en el consultorio el Dr. Tobías me pidió esperarlo un ratico y le dije que no podía esperar nada, bajó la paciente que estaba atendiendo de la camilla y al revisarme exclamó: "Mujer de Dios, si estas totalmente dilatada, subamos al quirófano inmediatamente!" y así mismo a eso de las 4 y pico Nayarí nació apresuradamente de ocho meses y 2.43 kgs. de humanidad, preciosa y arrugada con la cabecita alargada.
Han pasado 34 años de este maravilloso evento en mi vida y cada vez que Nayarí cumple años revivo todo esto exactamente con el mismo lujo de detalles. Anoche cuando preparaba las imágenes para la entrada al blog no salían las palabras y decidí dejarlo para hoy. Hace unos minutos la llamé a Plymouth, Inglaterra, para desearle felicidades y me contó que había amanecido con dolores de gripe en el cuerpo. Son los dolores de crecimiento, Nayita, que nos acompañan al esculcar la memoria y hacerla presente. Su esposo, Hanns, le regaló una lámpara especial para tomar sol y reavivar el espíritu un ratico cada día porque en aquellos lugares hace falta la luz que me sobra aquí en Venezuela. Así que desde las dos distancias celebraremos nuestro cumpleaños, el día de los enamorados y de la amistad, el día de San Valentín.
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